REA
03.02 – 15.02.2025
Este trabajo aborda la disconformidad que genera la feminidad en la sociedad contemporánea a través de un solo de danza contemporánea.
A continuación, se exponen diversas reflexiones sobre la necesidad de eliminar los roles de género, el reconocimiento de la feminidad en el hombre y la histórica exclusión de las mujeres en el ámbito cultural.
La eliminación de los roles de género es imperativa en la sociedad actual. Estos roles, profundamente arraigados en las normas culturales y sociales, limitan el potencial individual y perpetúan la desigualdad. La liberación de estas expectativas permite a cada persona desarrollar sus capacidades y talentos sin las restricciones impuestas por el género. Además, promueve una sociedad más equitativa y justa, donde las oportunidades no estén predeterminadas por el sexo, sino por el mérito y la habilidad. La erradicación de los roles de género no solo es una cuestión de justicia social, sino también una necesidad para el progreso humano y la convivencia armónica.
El lado femenino del género masculino es un aspecto intrínseco de la identidad humana que a menudo es subestimado o reprimido debido a las normas sociales y culturales. Reconocer y valorar las características tradicionalmente asociadas con la feminidad, como la empatía, la sensibilidad y la capacidad de cuidado, en los hombres es esencial para una sociedad más equilibrada y completa. Estos atributos no deben ser vistos como debilidades, sino como fortalezas que enriquecen la experiencia humana y fomentan relaciones más profundas y significativas. Al aceptar y celebrar el lado femenino en los hombres, se desafían los estereotipos de género y se promueve una visión más inclusiva y completa de la masculinidad. Este cambio de perspectiva no solo beneficia a los hombres, sino a la sociedad en su conjunto, al crear un entorno donde todos los aspectos de la identidad humana son respetados y valorados.
¿Por qué la sociedad rechaza la feminidad en el hombre? Esta pregunta revela una profunda raíz de prejuicio y estereotipos de género que han prevalecido durante siglos. La sociedad ha construido un marco rígido de roles de género, donde la feminidad se asocia exclusivamente con las mujeres y la masculinidad con los hombres. Cualquier desviación de esta norma es vista con desconfianza y, a menudo, con rechazo. El miedo a lo diferente y la presión por conformarse a las expectativas sociales desempeñan un papel crucial en este rechazo. Los hombres que muestran cualidades consideradas femeninas, como la sensibilidad, la empatía o la vulnerabilidad, son a menudo objeto de burla o discriminación. Este rechazo se basa en la falsa noción de que tales cualidades son signos de debilidad, cuando en realidad son manifestaciones de una humanidad completa y rica.
La necesidad de mantener un estatus quo de poder y dominación también alimenta este rechazo. Al suprimir la feminidad en los hombres, se perpetúa un sistema donde las características masculinas son vistas como superiores, lo que refuerza la desigualdad de género. Cuestionar y desafiar estas normas es esencial para avanzar hacia una sociedad más inclusiva y equitativa. Reconocer y aceptar la feminidad en los hombres no solo enriquece su experiencia personal, sino que también beneficia a la sociedad en su conjunto al fomentar una cultura de aceptación y respeto hacia todas las expresiones de la identidad humana.
La cultura en la sociedad ha impuesto históricamente a la mujer un rol secundario y subordinado al del hombre, relegándola a la posición de acompañante y minimizando su potencial y capacidades. Este rol degradante ha sido particularmente evidente en el mundo de la cultura, donde las mujeres han enfrentado innumerables obstáculos para ser reconocidas como artistas de pleno derecho. Durante siglos, las mujeres eran prácticamente invisibles en el ámbito artístico. En muchos casos, no se les permitía convertirse en artistas, y sus contribuciones eran ignoradas o subestimadas. Incluso en el teatro, los papeles femeninos eran interpretados por hombres vestidos de mujeres, ya que se consideraba inapropiado que una mujer apareciera en escena. Este rechazo a las mujeres en el arte no solo negaba su talento, sino que también perpetuaba la idea de que solo los hombres eran capaces de crear y dirigir las expresiones culturales.
Con el paso del tiempo, las mujeres comenzaron a ganar acceso al mundo del arte, pero las barreras no desaparecieron por completo. A menudo, se esperaba que las mujeres sacrificaran su integridad y se sometieran a la explotación sexual para obtener reconocimiento y oportunidades. Esta realidad es un reflejo de cómo la sociedad seguía viendo a las mujeres: no como iguales, sino como objetos cuya valía dependía de su apariencia y disposición para complacer a los hombres.
JAVIER FERRER
Javier Ferrer Machín (Lanzarote, 1984) finalizó sus estudios de educación secundaria en la Escuela de Artes y Oficios Pancho Lasso en Lanzarote.
Posteriormente, se formé en la modalidad de danza clásica en la Escuela de Artes Escénicas de Carmen Roche en Madrid y en la modalidad de danza contemporánea en el Real Conservatorio Profesional de Danza de Madrid concluyendo estos en el año 2006.
Inició su carrera profesional colaborando con reconocidos coreógrafos como Pablo Esbert, Pedro Berdayes y José Reches. Durante tres años formó parte de la compañía 10 y 10 Danza, bajo la dirección de Mónica Runde, participando en un total de cinco proyectos de escena durante ese tiempo. Posteriormente, trabajó tres años con la compañía Provisional Danza, dirigida por Carmen Werner, donde participó en nueve proyectos tanto para escena como para calle.
Asimismo, ha colaborado en calidad de intérprete con coreógrafos internacionales como Faisal Zeghoudi en Francia, Emma Martin en Irlanda, Tino Fernández en Colombia, Ester Ambrosino y Yeri Anarika en Alemania.
A día de hoy forma parte de colectivos de danza en Barcelona y Berlín, tales como The White Horse Collective, Kollektive 5207 y Anderplatz Kollektive. Sus colaboraciones incluyen trabajos con diversos artistas en Canarias, Barcelona, Madrid y Berlín, en proyectos que abarcan desde la escena contemporánea hasta formas más clásicas y otras disciplinas como zarzuelas, óperas, musicales, películas, video danza e intervenciones performativas.
Paralelamente, ha desarrollado su carrera como coreógrafo en proyectos destacados como «Campo de Rabia», «Rea O’Connor», «Seco», «Piedra Vieja», «Make Up», «Ruín», «Ácido» y «Herederos», entre otros.
En los últimos años, ha combinado su carrera de intérprete y coreógrafo con la enseñanza, impartiendo clases a diferentes grupos. Ha ofrecido danza educativa y sensorial a menores de edad, clases de técnica, improvisación en la danza y talleres coreográficos tanto a profesionales de la danza como a no profesionales. También ha trabajado con colectivos diversos, incluyendo grupos de exclusión social y personas con discapacidades.

